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No fui un pibe con mucha calle. Fui un adolescente más hacia adentro. Hacia adentro de la cabeza y de los oídos. Si pudiera comprimir al máximo mi educación musical sentimental, haría unos pocos murales: mi mamá musitando Gurisito costero, yo sentado en un sillón y mi papá gesticulando con cada entrada de Rapsodia en blue (o haciendo voces sobre Rubber Soul), después descubriendo a Queen con los auriculares bien pegados, a Nirvana, después vino la secundaria y el paisaje se me llenó de cassettes copiados de los Redondos.
Los Redondos sí tenían calle. Tenían la calle. Hablaban de sombras que, todavía, siendo tan pos-niño, me daban miedo. Pero no importaba. Nunca los escuché en vivo, pero me sentí muy vivo, mierda, qué vivo me sentía, cuando los escuchaba.
Hoy se murió el Indio Solari y lloro mientras escribo. No suelo anticipar estos trances, las noticias de muerte las recibo como una carta documento o algo así. Como una información. Después caen.
Hoy se dirá con justicia que se va de ronda un poeta. Por no repetir yo despido un sonido. Una voz. ¿Alguien sonó o sonará como él? Voz chillante, roñosa, lúcida.
La voz del Indio era, a veces, el Diablo sentándonos para explicarnos que esto es mucho. Que la humanidad es mucho.
El Indio me dijo que “si el perro es manso, come la bazofia y no dice nada, le cuentan las costillas con un palo a carcajadas”, y ahí entendí que la generación de mis viejos había tenido la canción de protesta y mi generación tenía la canción de denuncia, porque las cosas no estaban bien y el problema de fondo era que nadie quería verlo (al mismo tiempo estaba anticipando la mansedumbre de los 2020s, pero eso, quizá, solo lo intuía él).
En plena adolescencia el Indio me tiraba “rodeado de grandanesas que se salen de la blusa” y el deseo se volvía grotesco, amenazante, y el éxito era nada más que uno que se creía “el mejor culo para su sillón”.
Pero basta de hablar de mí. Digamos cuánto nos dio a todos. A tantos con más sed, con más descampado que yo. La Argentina posdictadura es (“¡ay, ay!”) casi una pos-Argentina, que se quedó sin, entre otras cosas, misa. Por eso la misa ricotera fue tamaño templo a la intemperie. Su voz fue la de la remera omnipresente en los pooles detrás de la noche, fue la vibración de la rockola que hacía tintinear los envases de Quilmes. Su voz supo ser un vestido para su poesía, un vehículo. Citar al Indio, citar un par de versos de esos que quedan grabados, siempre fue volver a oír ese granulado ronco. Aunque lo leyéramos en el asiento de un bondi o algún curda lo declamara sin melodía, él estuvo detrás.
El tiempo sabrá juzgar mejor su lugar, pero pareciera que ninguno habló del verdadero siglo XXI que se nos vino encima como lo hizo él. Otros ídolos incuestionables campearon la dictadura o cantaron a lo que vino después, hubo bardos para el 2001, para el desamparo, para la pobreza estructural. Es raro despedir al Indio y sentir que tanta obra suya parece hablar de 2026.
“Condenada sangre cosquillea tibia, no se puede soportar”. Defínanme la vida así de nítida. Adelante amigo Solari, adonde vaya va a estar bien.