Monday, February 23, 2026

Bienvenidos a la jungla


 

“Y dicho y hecho: un dorado muy grande voló río abajo a buscar al carpinchito; mientras el hombre disolvía una gota de sangre seca en la palma de la mano, para hacer tinta, y con una espina de pescado, que era la pluma, escribió en una hoja seca, que era el papel. Y escribió esta carta: Mándenme con el carpinchito el winchester y una caja entera de veintiocho balas.

Quise empezar con este fragmento de “El paso del Yabebirí”. Me hizo gracia pensarlo con los cánones de textos infantiles actuales, a los que uno se va habituando al tener un hijo. No abundan los libros que mezclen, por un lado, referencias a un tierno “carpinchito”, y por otro se despachen con rifles, balas y cartas escritas con sangre. Hoy sólo quedaría el “cabiparita”.

Pero empecemos por el principio (o más bien por la repetición del principio) preguntándonos: ¿Qué es releer?

Al volver a leer algo, pongo en relación dos elementos: el libro y el lector. El libro es siempre el mismo, el texto perdura aún de copia en copia. Pero ¿y el lector?

Yo tengo, al momento de escribir este texto, cuarenta y cinco años. Entonces, si vuelvo a leer La vida breve, que leí por única vez a mis treinta, ¿eso es releer? Yo diría que sí, en principio. Si leo El lobo estepario, que leí a mis veinte, ¿es releer? Y si vuelvo a abrir las páginas de La vuelta al mundo en ochenta días, o de El mundo perdido, como en mi pubertad... ¿Es la misma persona la que está leyendo?

Dos datos duros que pueden ayudar a orientarnos ante esta pregunta, en principio, ontológica.

Uno: ninguno de los átomos que constituían mi cuerpo hace treinta años siguen estando allí. Se fueron, otros átomos los reemplazados en su misma función gracias a la fascinante e ininterrumpida coreografía de la química orgánica.

Dos: mi memoria de aquel libro es nula, más allá de algún pasaje que dejó una huella, o de un clima general, casi un aroma o un estado de ánimo. Y esos escasos elementos almacenados en la memoria son, reconozcamos, de dudosa fidelidad.

¿A dónde quiero llegar con todo esto? No a grandes conclusiones, simplemente querría tener claro si estoy leyendo o releyendo El libro de la selva de Horacio Quiroga.

Mi memoria recordaba más o menos elementos como los que describía antes. Una imagen que me impactó (flamencos con las piernas rosadas de ardor y un pie en el agua) y un clima general, que describirá como un mundo de fábula en carne viva, el viento en los sauces de la barbarie, sin té ni casitas ordenadas bajo la tierra, una fauna despierta y leal pero siempre a merced del giro letal del destino, como en ese otro cuento que retrata tan bien el estilo del gran cuentista uruguayo, El hombre muerto: un tipo solo en el monte que dió un mal paso y se abrió la panza con su propio machete. Con esa premisa agazapada va la pluma infantil de Quiroga. No es muy crianza respetuosa. No es muy Montessori.

Yo hice la primaria cuando todavía se aprendía una Patria. Que a cada lector le suene como prefiera, yo mismo no sé con qué tono lo digo, pero es un poco así. La escuela alfonsinista conservaba algo de la Argentina que había sido, que trataba de construir un universo nacional para la niñez, donde entraban los escritores, los próceres, la fauna, las regiones geográficas. Creo que desde el menemismo la escuela lo sigue intentando, pero no llega con la misma solidez al nuevo ciudadano de aspiración global. Ese argentino que es verdadero aunque falso, el que desciende de los barcos, a partir de los 90 anhela los aviones, y Ezeiza en el imaginario de las nuevas generaciones ya no es el trauma del peronismo que no fue sino, simplemente, “la salida”. Y si no es la salida física, es la fuga del eje de su propia cultura y, en última instancia, su identidad. Empezamos a sentirnos argentinos por el aquí, el ahora y los seres queridos, más que por un relato.

Pero nada de eso le importa a Horacio Quiroga, habitante de ese diseño curricular ochentero, sin duda, local y visitante en otra argentina, el que va y se mete al monte. Mientras las clases dirigentes dictaminan que este país es de clima templado, el escritor uguruayo se enfrenta con la Argentina tropical, con el país perdido de los guaraníes y jesuitas, país que, como el noroeste, la nación porteña vive como una pesada herencia.

Quiroga elucubra, en su obra “para adultos”, paisajismo y horror, soledad y bullicio, un poderoso sentido transhumano de la experiencia (la flora, la fauna y los ríos son personajes) y sobre todo ese tono seco e inapelable de la literatura con referentes muy concretos. Este tigre cebado, estas hormigas, este sol, esta muerte. No hay margen, viejo, la escritura o la vida. Me da la sensación de que le sobraba tela para encontrar, en medio de esos pactos de supervivencia, fábulas posibles.

¿Realmente leí esos cuentos en la escuela? Diría que sí, y casi seguro que no fue por prescripción de la maestra, sino por agarrarlo al azar en la biblioteca de tercer grado. Cada uno de nosotros llevamos uno o más libros para esa biblioteca del aula, luego nos íbamos llevando a casa los que nos interesaban.

La relectura, si es realmente eso lo que hice, la disfruté mucho. Los cuentos son ágiles, las voces precisas, los recursos de género como repeticiones, onomatopeyas y demás, están, pero en la mínima dosis necesaria. Y sobre todo, no falta el sustrato salvaje del lugar donde transcurren. Ya en “La tortuga gigante” el drama parte de una decisión, la de un hombre muerto de hambre que decide no comerse a la tortuga que acaba de salvar de las garras de un tigre. En otro cuento los yacarés le hacen frente a un buque de guerra que los despeja a cañonazos hasta que ellos encuentran un torpedo para tirarles. Casi diría que los cuentos más asimilables con la idea de fábula, como Las medias de los flamencos o La abeja haragana tienen menos vitalidad. Me interesó más la vengenza rabiosa del loro pelado, que celebra cuando agujerean a tiros al tigre que le arrancó medio pellejo, y termina el cuento burlándosele en la cara a la piel del felino que adorna el comedor. Esto es la jungla, nene.

¿Soy el mismo que en tercer grado? No. Ni psicológicamente, ni atómicamente. Pero algo fueron transmitiendo los átomos de recambio en recambio. Quedó el tono general, fue como volver a ese mundo de Billiken cruzado con sangre, balas y zarpazos. Porque violentos no son los cuentos. Ni Quiroga. Violenta es la selva. Violento es el mundo.


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