Tuesday, February 24, 2026

Empero, no era una relectura

 Cuando leí El príncipe Valiente a finales de los 80 todavía se decía que alguien tenía el corte del susodicho príncipe cuando le hacían una melena breve cortada de cuajo horizontalmente. Véase también corte Colón o corte He-Man.

Prince Valiant es un hito del cómic que pronto cumple noventa años y sigue publicándose. Fue creado por el genial Harold Foster, que antes dibujó también tiras de Tarzán. Se caracteriza por ilustraciones hermosas en un estilo de antaño, acompañada de textos al pie del cuadro, sin globos de diálogo. Sin embargo, lo que acabo de releer es el volumen de la colección Robin Hood, una adaptación a prosa acompañada por muchas de las ilustraciones originales. Este volumen, el primero de muchos editados por Editorial Acme, narra los inicios de Val como príncipe desterrado y cómo se abre paso con valor e hidalguía hasta convertirse en uno de los caballeros de la Mesa Redonda del Rey Arturo. El texto fu
e adaptado de la historieta por Max Trell y editado originalmente como Prince Valiant in the days of King Arthur.

Empecemos por lo menos impactante, pero importante: la traducción. No puedo no nombrar a Julio Vacarezza como uno de los responsables de la experiencia de leer este libro, porque para vivir estas aventuras episódicas en castillos embrujados, en lucha contra dragones, salteadores o vikingos, es necesaria una voz que narra. Las imágenes también narran, y mucho, pero eso lo veremos un poco más abajo. Pero la voz del narrador es una voz antigua, hidalga, que usa ese lenguaje un poco perdido ya, un idioma con el que le hablaban a los niños de mediados del siglo XX pero remontarlos a tiempos de leyenda. Alguna voz así se cuela todavía en los doblajes originales los clásicos animados de Disney, los cuentos de hadas de los años 40 y 50 tienen ese registro. Se usan palabras como “empero” (probablemente traduciendo conjunciones adversativas del original con un dejo arcaico como “nevertheless” o similar), no se ahorra en pronombres enclíticos y, sobre todo, abunda un tono optimista y casi exagerado en las virtudes del protagonista. Su valor es infinito, su virtud enorme, su ingenio... en fin, una energía luminosa claramente pre-Batman, que me recuerda al Zorro, que espadea sonriendo.

Digamos algo sobre la historia. No hay una historia, hay aventuras episódicas, aunque algunos hilos conductores y conflictos vertebran el libro. Dos de ellos se resuelven en el texto: Val logra restaurar el trono de su padre y es consagrado caballero por el monarca de Camelot, pero queda pendiente saber si su amada Ilene sigue vive, y rescatarla. La narración es ágil, y básicamente eso, ágil. No se detiene en muchas descripciones, los sentimientos son arquetípicos, los eventos siempre extremos (grandes dragones, grandes olas, grandes embrujos, grandes batallas). El resto de la sustancia viene del dibujo.

La ilustración que acompaña este texto forma parte de las tiras originales que fueron adaptadas al libro de Robin Hood, aunque se integra a sus páginas sin colores, solo los trazos en ese tono marrón que caracteriza a la colección. Veamos el nivel de detalle. Las texturas de las vestimentoss, del agua del río, de las rocas. La pluralidad de expresiones en los rostros.

Ahora pasemos a la composición. Un ejército contra un hombre, obligados a ir en hilera por la angostura del antiguo puente. Leemos la imagen, culturalmente, de izquierda a derecha, y así ingresan los vikingos, porque son los actores del ataque. Nuestro protagonista, el príncipe Val, es quien los detiene. Su figura, destacada por estar separada de la multitud y por contraste con el fondo negro, se presenta en máxima tensión y concentración, como contrapeso del caos disperso del ataque enemigo. Los vikingos que van al frente presentan cada uno un momento diferente de la embestida del príncipe. Unos blanden hachas sobre su cabeza, otros están recibiendo el impacto, otros se abalanzan sobre el borde del puente, otros ya caen. En una imagen que representa un solo momento, vemos también esta secuencia temporal, casi de animación. La espada, sin embargo, no está tocando a ninguno justo ahora. Podríamos detenernos también en la justeza de la perpectiva que fuga hacia la izquierda, o en el puente que se endereza a la derecha para dejar claramente de perfil al protagonista, podríamos decir muchos sobre la proporción áurea que divide el sector izquierdo que ataca y el sector derecho que contraataca. Está para conseguir en buena resolución y enmarcar, es así.

Esta entrada de blog se conecta con la anterior, porque me hizo pensar en la lectura y la relectura. Esta, empero, no es una relectura. Ya ha pasado mucho tiempo como para ser la misma persona, solamente el libro es el mismo, con el mismo papel rugoso y el mismo olor.

Y esas ilustraciones, que como la que vimos, son geniales, y son muchas, algunas reproducidas tan pequeñas que estuve a punto de intentar hacerles zoom con los dedos en el papel. Seguramente venga ahora una fiebre de bajar jpgs de Harold Foster. Después lo olvidaré un poco, porque la belleza es mucha, la distracción y las preocupaciones, demasiadas. Y lo seguiré releyendo así, saltando varias décadas, porque un poco más acá o más allá en el siglo XXI no cambia nada. Algunas aventuras están más allá del tiempo.


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