Friday, June 5, 2026

Cómo no sentirme así



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 No fui un pibe con mucha calle. Fui un adolescente más hacia adentro. Hacia adentro de la cabeza y de los oídos. Si pudiera comprimir al máximo mi educación musical sentimental, haría unos pocos murales: mi mamá musitando Gurisito costero, yo sentado en un sillón y mi papá gesticulando con cada entrada de Rapsodia en blue (o haciendo voces sobre Rubber Soul), después descubriendo a Queen con los auriculares bien pegados, a Nirvana, después vino la secundaria y el paisaje se me llenó de cassettes copiados de los Redondos.

Los Redondos sí tenían calle. Tenían la calle. Hablaban de sombras que, todavía, siendo tan pos-niño, me daban miedo. Pero no importaba. Nunca los escuché en vivo, pero me sentí muy vivo, mierda, qué vivo me sentía, cuando los escuchaba.

Hoy se murió el Indio Solari y lloro mientras escribo. No suelo anticipar estos trances, las noticias de muerte las recibo como una carta documento o algo así. Como una información. Después caen.

Hoy se dirá con justicia que se va de ronda un poeta. Por no repetir yo despido un sonido. Una voz. ¿Alguien sonó o sonará como él? Voz chillante, roñosa, lúcida.

La voz del Indio era, a veces, el Diablo sentándonos para explicarnos que esto es mucho. Que la humanidad es mucho.

El Indio me dijo que “si el perro es manso, come la bazofia y no dice nada, le cuentan las costillas con un palo a carcajadas”, y ahí entendí que la generación de mis viejos había tenido la canción de protesta y mi generación tenía la canción de denuncia, porque las cosas no estaban bien y el problema de fondo era que nadie quería verlo (al mismo tiempo estaba anticipando la mansedumbre de los 2020s, pero eso, quizá, solo lo intuía él).

En plena adolescencia el Indio me tiraba “rodeado de grandanesas que se salen de la blusa” y el deseo se volvía grotesco, amenazante, y el éxito era nada más que uno que se creía “el mejor culo para su sillón”.

Pero basta de hablar de mí. Digamos cuánto nos dio a todos. A tantos con más sed, con más descampado que yo. La Argentina posdictadura es (“¡ay, ay!”) casi una pos-Argentina, que se quedó sin, entre otras cosas, misa. Por eso la misa ricotera fue tamaño templo a la intemperie. Su voz fue la de la remera omnipresente en los pooles detrás de la noche, fue la vibración de la rockola que hacía tintinear los envases de Quilmes. Su voz supo ser un vestido para su poesía, un vehículo. Citar al Indio, citar un par de versos de esos que quedan grabados, siempre fue volver a oír ese granulado ronco. Aunque lo leyéramos en el asiento de un bondi o algún curda lo declamara sin melodía, él estuvo detrás.

El tiempo sabrá juzgar mejor su lugar, pero pareciera que ninguno habló del verdadero siglo XXI que se nos vino encima como lo hizo él. Otros ídolos incuestionables campearon la dictadura o cantaron a lo que vino después, hubo bardos para el 2001, para el desamparo, para la pobreza estructural. Es raro despedir al Indio y sentir que tanta obra suya parece hablar de 2026.

“Condenada sangre cosquillea tibia, no se puede soportar”. Defínanme la vida así de nítida. Adelante amigo Solari, adonde vaya va a estar bien.


Thursday, April 30, 2026

La sociedad atomizada



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Deseo describir una mera yuxtaposición. Dispar, en caudal y sentido, pero a su modo formante de una cosa nueva, de una díada antitética que en juego de espejos se explica por su contrario.

Surge azarosamente: primero veo las versiones extendidas de la trilogía de El Señor de los Anillos. Terminado el largo periplo elijo un ítem de mi lista de pendientes: Sherlock, la serie que trae a la actualidad al clásico personaje de Arthur Conan Doyle y a su ad latere.

De una llegué a la otra sin mucha lógica. Quería pasar a la trilogía de El Hobbit, a ver si al menos algo de ella me parecía estar a la altura de la primera saga, pero no la encontré en ninguna de las plataformas que tengo. Agarré Sherlock porque ahí también está ese gran actor que casi no actúa, el rey tenue, el John Deacon de la pantalla: Martin Freeman.

Pasé de una experiencia mítica a un policial. Podríamos decir, de un mundo antiguo a un mundo contemporáneo. El efecto fue devastador, y no me refiero a las historias, los sucesos de cada ficción, su lógica, su forma. El contraste se da en los personajes. Sus psicologías exudan un aura completamente opuesto.

De cara a la muerte y al sol, los personajes de Tolkien/Jackson viajan sin pudor hacia sus propios miedos, alegrías, pasiones, exploran y residen en su coraje, en su desamparo y en su muerte.

De cara a la noche de la ciudad, Sherlock y Watson están, para usar una palabra de época, rotos. Los crímenes, sus elucidaciones, los procesos deductivos, todo funciona menos como fin que como un incentivo, un puchito, una falopa.

En las Tierras Medias hay seres felices hasta la muerte. En Londres asesinos y detectives se parecen: necesitan un cachito más de algo que les da un shockcito. No hay relato propio, hay pulsiones en el cuerpo y la mente, como la corriente que cruza los circuitos de un procesador.

La modernidad nos viene preparando para la IA desde hace siglos. Nos define como pura inteligencia, mutea el resto de la persona y si somos solo una parte de nosotros, somos también forzosamente artificiales.

Esto no es una crítica a un género u otro. Es un juego de contrastes.

En el programa de streaming El Régimen, dedicado a geopolítica internacional, hablaron el sábado pasado con el Padre Luis Montes, cura que reside en Líbano y ofrece ayuda a la población que huye de los ataques de Israel. Habla de su vasta experiencia, también estuvo en Irak cuando los pocos cristianos de aquel país huían de ISIS. Montes destaca algo que ve una y otra vez: personas que han perdido todo, que viven entre escombros y a la espera de otra huída, y sin embargo son felices. Experimentan la felicidad como no logran hacerlo los seres de vida resuelta en ciudades grises.

Sherlock es un psicópata, Watson otra víctima del pésimo trato a los veteranos de guerra. Freeman es un actorazo, pero la serie la dejo acá. Me quedo con el rostro de Gandalf ante el Rey Brujo de Angmar, ese anticlímax de la saga en la cual el más sabio, el más seguro, el padre y abuelo de todos, duda, teme, ve el rostro de la muerte.

 

Monday, March 30, 2026

En el camino (apuntes)



Componer una obra musical, o crear un objeto artístico de cualquier otra disciplina, implica un recorrido. Puede o no encontrarse la huella de ese recorrido en la obra misma.

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La obra puede tener su estructura formal, su diseño del devenir. ¿Es posible evitar la interferencia del tiempo creador en el tiempo creado?

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¿Existe un tiempo creado en la obra, o es un eufemismo, como "generar capital"?

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Recojo estos versos de San Juan de la Cruz. El sujeto del poema busca a su amada; bien podría buscar también su obra:


“Ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras”


En el camino de la creación/construcción hay que ir enceguecido, o ensordecido, como Ulises entre las sirenas. No sucumbir en exceso al regocijo de la belleza creada ni al pánico ante el vacío.

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"Discurrirás en tu mente algunas cosas y un numen te sugerirá las restantes, pues no creo que tu nacimiento y tu crianza se hayan efectuado contra la voluntad de los dioses". Así le habla Atenea a Telémaco ante el vértigo de su empresa: mantener viva la memoria de su padre desaparecido. El artista puede necesitar de ese mito fundante, de estar haciendo "por algo", esa fe lo sostiene y le permite confiar algunas resoluciones a voluntades que están más allá de sí mismo. Más tarde Telémaco, infundido de esa confianza, le dice a alguien: ""Tranquilízate, que esta resolución no se ha tomado sin que un dios lo quiera".

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Ni la indeterminación ni su opuesto. Esos dos polos monopolizaron mi educación compositiva: controlar todo o dejar que fluya. Habría un camino del medio, más parecido al camino del héroe.

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Componer no es escrutar el cielo buscando un cometa como Seymour Skinner, es más bien inventar constelaciones.

Thursday, March 12, 2026

Se busca mitología



“Un buen descanso, un plato de sopa,

y el abrazo fraternal de un amigo leal a vos

te están faltando.”

(Ricardo Iorio, Toro y Pampa)


“Tu solidaridad, reflejo hermoso de la libertad...”

(Cielo Razzo, Polen)



Siento que viví en tres mundos, el primero y el tercero breves en mi vida, el del medio ancho. Como un sándwich cargadito.

Nací en el 80 y mi primer década fue la guerra fría. La ví a través de G. I. Joe, de Rambo, de V invasión extraterrestre.

Después vino el llano de la “Pax Americana”, llena de guerra, pero pax, en el sentido de que nadie más que ellos ganaban. Y vino también un cambio por debajo, un deterioro de la curiosidad, de la libertad, nuestro prójimo empezó a nadar cada vez con más lastre y la bocanada se hizo breve.

Sobrevino entonces la tercera etapa: esto de ahora. Afloró la mutilación, iba a escribir mutilación de “sentido”, pero no, “sentido” es una palabra moderna y posmoderna. Ahora es otra cosa. Lo que falta es el alma, no falta un engranaje, ni un elemento. Falta un fuego.

Nos faltan los mitos y nos sobran los miedos.

Se impuso una idea de libertad sin solidaridad. La libertad de Robinson Crusoe, sería. Tom Hanks y Wilson encarnan el único mito: yo y las cosas. Se ocultó la urgencia de ese plato de sopa que menciona Iorio. Nos desgobiernan los des-abrazados. “Disfrutar” ahora se pronuncia “consumir”. Se enarbola la sonrisa psicópata en el reel genocida, hija de la sonrisa forzada de El Arte de Vivir.

Dice Kerényi: “tendríamos que tomar y beber el agua pura de la fuente para que compenetrase con nosotros y potenciase nuestras latentes veleidades mitológicas”. Lo mítico no entra en el mercado porque ya no es esa agua pura de la fuente. Una y otra vez vivimos esto: decimos “qué hermoso esto” y en seguida el mercado lo asesina para hacer un molde y vendernos las copias. Así vamos de remera a póster, del Diego a Messi (que no se apague nunca el eco de la Iglesia Maradoniana, ¡qué nos quedará entonces!).

La esperanza está, eso sí. Porque estamos. Nosotros estamos. Pero nos perdimos. Dice Rilke: “quien se expande como un manantial viene a ser conocido por el conocimiento”.

Propongo: sin callarnos (los argentinos no nos callamos, menos a pedido), oigamos ese rumor, es la música en común que nos queda.

 

Tuesday, February 24, 2026

Empero, no era una relectura

 Cuando leí El príncipe Valiente a finales de los 80 todavía se decía que alguien tenía el corte del susodicho príncipe cuando le hacían una melena breve cortada de cuajo horizontalmente. Véase también corte Colón o corte He-Man.

Prince Valiant es un hito del cómic que pronto cumple noventa años y sigue publicándose. Fue creado por el genial Harold Foster, que antes dibujó también tiras de Tarzán. Se caracteriza por ilustraciones hermosas en un estilo de antaño, acompañada de textos al pie del cuadro, sin globos de diálogo. Sin embargo, lo que acabo de releer es el volumen de la colección Robin Hood, una adaptación a prosa acompañada por muchas de las ilustraciones originales. Este volumen, el primero de muchos editados por Editorial Acme, narra los inicios de Val como príncipe desterrado y cómo se abre paso con valor e hidalguía hasta convertirse en uno de los caballeros de la Mesa Redonda del Rey Arturo. El texto fu
e adaptado de la historieta por Max Trell y editado originalmente como Prince Valiant in the days of King Arthur.

Empecemos por lo menos impactante, pero importante: la traducción. No puedo no nombrar a Julio Vacarezza como uno de los responsables de la experiencia de leer este libro, porque para vivir estas aventuras episódicas en castillos embrujados, en lucha contra dragones, salteadores o vikingos, es necesaria una voz que narra. Las imágenes también narran, y mucho, pero eso lo veremos un poco más abajo. Pero la voz del narrador es una voz antigua, hidalga, que usa ese lenguaje un poco perdido ya, un idioma con el que le hablaban a los niños de mediados del siglo XX pero remontarlos a tiempos de leyenda. Alguna voz así se cuela todavía en los doblajes originales los clásicos animados de Disney, los cuentos de hadas de los años 40 y 50 tienen ese registro. Se usan palabras como “empero” (probablemente traduciendo conjunciones adversativas del original con un dejo arcaico como “nevertheless” o similar), no se ahorra en pronombres enclíticos y, sobre todo, abunda un tono optimista y casi exagerado en las virtudes del protagonista. Su valor es infinito, su virtud enorme, su ingenio... en fin, una energía luminosa claramente pre-Batman, que me recuerda al Zorro, que espadea sonriendo.

Digamos algo sobre la historia. No hay una historia, hay aventuras episódicas, aunque algunos hilos conductores y conflictos vertebran el libro. Dos de ellos se resuelven en el texto: Val logra restaurar el trono de su padre y es consagrado caballero por el monarca de Camelot, pero queda pendiente saber si su amada Ilene sigue vive, y rescatarla. La narración es ágil, y básicamente eso, ágil. No se detiene en muchas descripciones, los sentimientos son arquetípicos, los eventos siempre extremos (grandes dragones, grandes olas, grandes embrujos, grandes batallas). El resto de la sustancia viene del dibujo.

La ilustración que acompaña este texto forma parte de las tiras originales que fueron adaptadas al libro de Robin Hood, aunque se integra a sus páginas sin colores, solo los trazos en ese tono marrón que caracteriza a la colección. Veamos el nivel de detalle. Las texturas de las vestimentoss, del agua del río, de las rocas. La pluralidad de expresiones en los rostros.

Ahora pasemos a la composición. Un ejército contra un hombre, obligados a ir en hilera por la angostura del antiguo puente. Leemos la imagen, culturalmente, de izquierda a derecha, y así ingresan los vikingos, porque son los actores del ataque. Nuestro protagonista, el príncipe Val, es quien los detiene. Su figura, destacada por estar separada de la multitud y por contraste con el fondo negro, se presenta en máxima tensión y concentración, como contrapeso del caos disperso del ataque enemigo. Los vikingos que van al frente presentan cada uno un momento diferente de la embestida del príncipe. Unos blanden hachas sobre su cabeza, otros están recibiendo el impacto, otros se abalanzan sobre el borde del puente, otros ya caen. En una imagen que representa un solo momento, vemos también esta secuencia temporal, casi de animación. La espada, sin embargo, no está tocando a ninguno justo ahora. Podríamos detenernos también en la justeza de la perpectiva que fuga hacia la izquierda, o en el puente que se endereza a la derecha para dejar claramente de perfil al protagonista, podríamos decir muchos sobre la proporción áurea que divide el sector izquierdo que ataca y el sector derecho que contraataca. Está para conseguir en buena resolución y enmarcar, es así.

Esta entrada de blog se conecta con la anterior, porque me hizo pensar en la lectura y la relectura. Esta, empero, no es una relectura. Ya ha pasado mucho tiempo como para ser la misma persona, solamente el libro es el mismo, con el mismo papel rugoso y el mismo olor.

Y esas ilustraciones, que como la que vimos, son geniales, y son muchas, algunas reproducidas tan pequeñas que estuve a punto de intentar hacerles zoom con los dedos en el papel. Seguramente venga ahora una fiebre de bajar jpgs de Harold Foster. Después lo olvidaré un poco, porque la belleza es mucha, la distracción y las preocupaciones, demasiadas. Y lo seguiré releyendo así, saltando varias décadas, porque un poco más acá o más allá en el siglo XXI no cambia nada. Algunas aventuras están más allá del tiempo.


Monday, February 23, 2026

Bienvenidos a la jungla


 

“Y dicho y hecho: un dorado muy grande voló río abajo a buscar al carpinchito; mientras el hombre disolvía una gota de sangre seca en la palma de la mano, para hacer tinta, y con una espina de pescado, que era la pluma, escribió en una hoja seca, que era el papel. Y escribió esta carta: Mándenme con el carpinchito el winchester y una caja entera de veintiocho balas.

Quise empezar con este fragmento de “El paso del Yabebirí”. Me hizo gracia pensarlo con los cánones de textos infantiles actuales, a los que uno se va habituando al tener un hijo. No abundan los libros que mezclen, por un lado, referencias a un tierno “carpinchito”, y por otro se despachen con rifles, balas y cartas escritas con sangre. Hoy sólo quedaría el “cabiparita”.

Pero empecemos por el principio (o más bien por la repetición del principio) preguntándonos: ¿Qué es releer?

Al volver a leer algo, pongo en relación dos elementos: el libro y el lector. El libro es siempre el mismo, el texto perdura aún de copia en copia. Pero ¿y el lector?

Yo tengo, al momento de escribir este texto, cuarenta y cinco años. Entonces, si vuelvo a leer La vida breve, que leí por única vez a mis treinta, ¿eso es releer? Yo diría que sí, en principio. Si leo El lobo estepario, que leí a mis veinte, ¿es releer? Y si vuelvo a abrir las páginas de La vuelta al mundo en ochenta días, o de El mundo perdido, como en mi pubertad... ¿Es la misma persona la que está leyendo?

Dos datos duros que pueden ayudar a orientarnos ante esta pregunta, en principio, ontológica.

Uno: ninguno de los átomos que constituían mi cuerpo hace treinta años siguen estando allí. Se fueron, otros átomos los reemplazados en su misma función gracias a la fascinante e ininterrumpida coreografía de la química orgánica.

Dos: mi memoria de aquel libro es nula, más allá de algún pasaje que dejó una huella, o de un clima general, casi un aroma o un estado de ánimo. Y esos escasos elementos almacenados en la memoria son, reconozcamos, de dudosa fidelidad.

¿A dónde quiero llegar con todo esto? No a grandes conclusiones, simplemente querría tener claro si estoy leyendo o releyendo El libro de la selva de Horacio Quiroga.

Mi memoria recordaba más o menos elementos como los que describía antes. Una imagen que me impactó (flamencos con las piernas rosadas de ardor y un pie en el agua) y un clima general, que describirá como un mundo de fábula en carne viva, el viento en los sauces de la barbarie, sin té ni casitas ordenadas bajo la tierra, una fauna despierta y leal pero siempre a merced del giro letal del destino, como en ese otro cuento que retrata tan bien el estilo del gran cuentista uruguayo, El hombre muerto: un tipo solo en el monte que dió un mal paso y se abrió la panza con su propio machete. Con esa premisa agazapada va la pluma infantil de Quiroga. No es muy crianza respetuosa. No es muy Montessori.

Yo hice la primaria cuando todavía se aprendía una Patria. Que a cada lector le suene como prefiera, yo mismo no sé con qué tono lo digo, pero es un poco así. La escuela alfonsinista conservaba algo de la Argentina que había sido, que trataba de construir un universo nacional para la niñez, donde entraban los escritores, los próceres, la fauna, las regiones geográficas. Creo que desde el menemismo la escuela lo sigue intentando, pero no llega con la misma solidez al nuevo ciudadano de aspiración global. Ese argentino que es verdadero aunque falso, el que desciende de los barcos, a partir de los 90 anhela los aviones, y Ezeiza en el imaginario de las nuevas generaciones ya no es el trauma del peronismo que no fue sino, simplemente, “la salida”. Y si no es la salida física, es la fuga del eje de su propia cultura y, en última instancia, su identidad. Empezamos a sentirnos argentinos por el aquí, el ahora y los seres queridos, más que por un relato.

Pero nada de eso le importa a Horacio Quiroga, habitante de ese diseño curricular ochentero, sin duda, local y visitante en otra argentina, el que va y se mete al monte. Mientras las clases dirigentes dictaminan que este país es de clima templado, el escritor uguruayo se enfrenta con la Argentina tropical, con el país perdido de los guaraníes y jesuitas, país que, como el noroeste, la nación porteña vive como una pesada herencia.

Quiroga elucubra, en su obra “para adultos”, paisajismo y horror, soledad y bullicio, un poderoso sentido transhumano de la experiencia (la flora, la fauna y los ríos son personajes) y sobre todo ese tono seco e inapelable de la literatura con referentes muy concretos. Este tigre cebado, estas hormigas, este sol, esta muerte. No hay margen, viejo, la escritura o la vida. Me da la sensación de que le sobraba tela para encontrar, en medio de esos pactos de supervivencia, fábulas posibles.

¿Realmente leí esos cuentos en la escuela? Diría que sí, y casi seguro que no fue por prescripción de la maestra, sino por agarrarlo al azar en la biblioteca de tercer grado. Cada uno de nosotros llevamos uno o más libros para esa biblioteca del aula, luego nos íbamos llevando a casa los que nos interesaban.

La relectura, si es realmente eso lo que hice, la disfruté mucho. Los cuentos son ágiles, las voces precisas, los recursos de género como repeticiones, onomatopeyas y demás, están, pero en la mínima dosis necesaria. Y sobre todo, no falta el sustrato salvaje del lugar donde transcurren. Ya en “La tortuga gigante” el drama parte de una decisión, la de un hombre muerto de hambre que decide no comerse a la tortuga que acaba de salvar de las garras de un tigre. En otro cuento los yacarés le hacen frente a un buque de guerra que los despeja a cañonazos hasta que ellos encuentran un torpedo para tirarles. Casi diría que los cuentos más asimilables con la idea de fábula, como Las medias de los flamencos o La abeja haragana tienen menos vitalidad. Me interesó más la vengenza rabiosa del loro pelado, que celebra cuando agujerean a tiros al tigre que le arrancó medio pellejo, y termina el cuento burlándosele en la cara a la piel del felino que adorna el comedor. Esto es la jungla, nene.

¿Soy el mismo que en tercer grado? No. Ni psicológicamente, ni atómicamente. Pero algo fueron transmitiendo los átomos de recambio en recambio. Quedó el tono general, fue como volver a ese mundo de Billiken cruzado con sangre, balas y zarpazos. Porque violentos no son los cuentos. Ni Quiroga. Violenta es la selva. Violento es el mundo.


Cómo no sentirme así

.   No fui un pibe con mucha calle. Fui un adolescente más hacia adentro. Hacia adentro de la cabeza y de los oídos. Si pudiera comprimir al...